domingo, 16 de noviembre de 2008

El autorretrato

Pocos fotógrafos han eludido la tentación de retratarse. Como las autobiografías, el autorretrato se presenta a merced de los dictados de la fábula. Cualquier otro propósito no deja de ser una mentira piadosa sobre lo que pudo sin ser, el deseo o la celebración de lo irreparable: tiempo perdido.
Biografía e imagen tienen razón plena y legítima en la impostura de la identidad: Biographical Memoirs of Extraordinary Painters (1780) William Beckford, Vies imaginaires (1896) Marcel Schwob, Vida de Manolo (1927) Josep Pla, Jusep Torres Campalans (1958) Max Aub. Una y otra están al servicio de ese parecido tan improbable como imposible, decisivo en los artistas para quienes autorretrato y transfiguración son una misma cosa: Claude Cahun, Pierre Molinier, Cindy Sherman, Sophie Calle...La verdadera dimensión del autorretrato pertenece al artificio de la pose, edificar visión y visibilidad a un tiempo. Su signo es el de la mirada desasida, que trata ya de imaginar desde antes e imaginar para después.
Foto. Luis Baylón, No hay color (autorretrato), calle Bravo Murillo (junio 1999)

sábado, 15 de noviembre de 2008

El olor de las fotografías


Las imágenes, al igual que los objetos, nos sobreviven. Para el ritual del duelo conservamos dos cosas: sus objetos y sus imágenes, que viene a ser lo mismo. Lo primero que desaparece en los objetos que han pertenecido, los que tuvieron su gesto y la costumbre de ese gesto, es el olor, y más tarde el hábito. La primera cosa que perdemos en los retratos es la exacta memoria. Llega luego la amarga evidencia de que perezosamente, pero infatigables, se nos están escapando sus rasgos, la risa feliz, vueltos caricaturas y desleídos en una imagen que cada vez y sin remedio se parece menos, que va dejando de ser igualmente.
Foto. Juan de la Cruz Megías, Pan, vino y azúcar, PUZ (2007)

viernes, 14 de noviembre de 2008

Sombras

Los objetos son una huella, un sedimento del tiempo, el residuo obstinado del transcurrir. Cuentan el desvivirse atareado del hombre, un caminar incontenible, ocupaciones fugitivas. De sus sombras; todas las fotografías hablan de una sombra. Pasar irrelevante. Sombras.
Foto. Eugène Atget, Décroteur (1899)

jueves, 13 de noviembre de 2008

La otra imagen

Cada fotografía cobija un oscuro remanso sin memoria ni redención posible pues no señala lo que duró en el devenir, sino aquello que definitivamente sabemos arrumbado. Miramos siempre a sus aledaños, hacia un lugar inhóspito cuyo centro es la fotografía, para estar y a través acceder a otro espacio no visible, lo cual no significa carente de imagen. Por eso las fotografías, a fin de cuentas, interesan poco. La iconografía de sus silencios, en cambio, secretamente importa, asusta y nos susurra las orillas de un socavón inhabitable y eterno. Por eso las fotografías nunca son.